13Jul

Aterrizaje forzoso al momento presente

En el capítulo de hoy de Espiritualidad Punki* un ejemplo práctico de la importancia de vivir el ahora, el momento presente, vamos, de estar a lo que tienes que estar en cada instante. Y las consecuencias inmediatas que tiene irse con la mente a otra parte, por divertida que sea la otra parte.

Algún lugar de Toledo, una tarde de julio

Voy conduciendo por el medio de La Mancha. A las seis de una tarde de julio en la que una ola de calor africano a tenido a bien hacer una excursión a España. Vamos que a la escasa sombra que se ve debe hacer unos 600ºC y al sol en el asfalto licuado me parece ver como se crean nuevas galaxias. Voy por una autovía de esas que molan para conducir, aunque que nadie sabe para qué las construyeron, porque no pasan por ningún pueblo y tienen menos tráfico que un pueblo abandonado del Pirineo. Me queda poco combustible, pero espero a ver alguna gasolinera a pie de carretera, que no me gusta tener que desviarme mucho.

En contra de los sabios consejos de la DGT voy pensando en mis cosas. Mis cosas empiezan al salir del trabajo por planear el envío de cuestionarios de calidad a los clientes, y van dando saltos hasta que, por algún proceso mental que no deja de asombrarme, me encuentro de lo más entretenida imaginándome un trío con dos pavos que he conocido hace poco. Aunque no es una fantasía particularmente recurrente esta del trío, estos dos, sin estar escandalosamente buenos tienen un punto, que me han inspirado.

Un no se qué me hace mirar el salpicadero… ¡OMG, me queda gasolina para 8 kilómetros! ¡OCHO! Toma aterrizaje forzoso al momento presente. A mi alrededor los campos de Castilla, aunque no los de Machado. Un páramo color camel, que para un camello o un abrigo es divino, pero que crea mil imágenes en mi cabeza. El coche en un arcén, Kraken y yo caminando hacia ninguna parte, para terminar desmayados en alguna cuneta y atendidos días más tarde como un Paciente Inglés cualquiera. Cojo el primer desvío que veo, rumbo a dónde sea. El paisaje no cambia, me rodea la nada. Extensiones de hierba segada por uno de esos gigantes modernos que comen trigo y cagan balas de paja en rectángulos o cilindros perfectamente empaquetados. Avanzar hacia los dominios del Quijote me pone literaria, aunque los ¡joder!, ¡joder!, ¡joder!, ¡estás tonta! mentales arruinan ligeramente la metáfora.

Mi estrés va in crescendo al mismo ritmo loco que bajan los kilómetros de gasoil que marca el contador. No es posible que esté avanzando tan rápido y se me haga tan eterno. Rezo a Dios, a la Diosa, a Thor, a Zeus, a Lucifer y a todos los que me acuerdo para no quedarme tirada bajo ese sol inclemente. Llego a una civilización, con la aguja hundida en lo más profundo de la marca roja. Sólo espero que esa leyenda urbana que dice que aunque te quedes seca, en realidad tienes para 80 kilómetros más, sea cierta. Y que los fabricantes de automóviles sean seres bondadosos o con muy poca confianza en el género humano. Esto me ha pasado otras veces, con el Smart en Madrid, y el tener 35 gasolineras por kilómetro cuadrado hace que la situación sea inquietante, pero no a estos niveles.

Paro a una señora, me empieza a dar explicaciones que no acierto ni a entender, de gasolineras con gasolina buena o mala, de cambios de dueños, estaciones cerradas, Alcampos, Toledo y Repsol. Que no estoy para snobismos, señora, que si con aceite de oliva consigo que esto ande, me vale. A unas malas aquí hay vida, alguien me podrá llevar a alguna, así que me voy relajando, y con el contador a cero, porque no debe tener signo de negativo, avanzo con poca fe al que vaya a ser mi destino.

¡Qué ven mis ojos, Sancho! ¿Una alucinación? ¡No! Una estación de servicio, abierta, operativa. Se me humedecen los ojos de felicidad. Lo lleno a tope: 40,40 litros; nunca había echado tanta. Ni siquiera sabía la capacidad máxima del depósito.

Salgo de allí jurándome estar totalmente concentrada en el camino a partir de ahora, como un Ekchart Tole cualquiera. Atenta al paisaje, a las señales, a los otros conductores, al coche, a mi cuerpo, a lo que ES, al famoso momento presente. ¿Lo logro del todo? No, porque soy buena guruguesa para todos menos para mi, y estoy muy lejos de la iluminación. Así que alterno ratos de presencia, con otros en el que vuelvo al tema “trío” y juego a pensar combinaciones. 😉 Aun sin predicar a tiempo completo con el ejemplo, esta historia tiene moraleja: no divagues y estate a lo que estás, que te ahorrarás kilómetros y tiempo de viaje.

*Espiritualidad Punki

*Espiritualidad Punki

Es la mía. Aun no tiene una forma definida, la voy descubriendo cada día. Básicamente consiste en satisfacer mis inquietudes espirituales, por llamarlas de alguna manera, sin necesidad de muchas chorradas ni adornos.
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