23Nov

De turismo en Carrefour

Bueno, pues he ido a Carrefour y os voy a contar un poco, como empezaría Angel Sanchidrián una de sus  Sinopsis De Cine.

Entiendo que no es muy emocionante cuando vives rodeado de todo tipo de tiendas y centros comerciales, pero adquiere dimensiones de aventura épica para otras personas… como por ejemplo, para mi.

En el pueblo somos menos de 2.000 habitantes (me incluyo, porque este año me he empadronado). Tenemos los siguientes supermercados / tienditas en las que comprar víveres:

  • El Dia, que por comparación es la “gran superficie” de la zona.
  • El chino. Que tiene helados, bolsas de “snaks” de marcas insospechadas, pan bimbo y latas de atún para momentos de emergencia extrema.
  • Otra tienda de chuches, pan, patatas y productos típicos.
  • La carnicería 4 Caminos, que venden cositas ricas y gourmet, entre ellas cremas para la cara, a pesar de lo que el nombre “carnicería” pueda dar a entender que vende.
  • La pescadería, que abre 2 veces en semana y no se ni como es por dentro.
  • La frutería, que sorprendentemente tiene una fruta que es una mierda. Si vienes a La Vera compra en la Frutería Raquel, en Villanueva, que la fruta está buenísima y ellos son encantadores.
  • Y alguna que otra microtienda o colmadito.

Así que de variedad, estamos escasitos. Y cuando una tiene unas dotes de ama de casa como las mías, el único sitio al que va es al Día, o al chino en plan comando. En Villanueva y Candeleda, da igual que vaya a la derecha o a la izquierda o que cambie de comunidad autónoma, el panorama cambia poco.

Soy muy fan de la ruta aria, o lo que es lo mismo, de ir de Lidl a Aldi, o de Aldi a Lidl y llenar la despensa como para sobrevivir a un holocausto nuclear. Pero para ello tengo que ir a Talavera o Navalmoral y eso es lejiiiiisimos cuando te has acostumbrado a las distancias pueblerinas.

A esto es a lo que estoy acostumbrada. O resignada, porque la escasez de variedad de comida es lo que peor llevo de vivir aquí.

Turismo en Carrefour

Alguna de las veces que voy a Madrid, entro en Carrefour, o en algún otro sitio parecido. Voy despacito, con los ojos como platos. Es cómo hacer turismo: ves cosas nuevas y distintas a las que ves normalmente. Aunque estés muy acostumbrado a comprar en centros comerciales grandes, ve un día de visita, en vez de cegao y con prisa para terminar pronto. Es una experiencia asombrosa.

Hoy he ido. Hoy “he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser“, y eso sin ser replicante.

He visto cosas como Jamón especial para melón. Espera que me vuelva a poner los ojos en su sitio, que se me han salido de las órbitas de la impresión. Efectivamente, no es una alucinación, venden “jamón especial para melón”. Como diría la difunta Sara Montiel, “Pero… ¿qué invento es este?” Con jamón normalmente te comes los melones que están más pepinos, para que sepan a algo. Lo que me lleva a pensar que el jamón especial para melón es aún peor que esa carne poco curada y blandengue que venden en lonchas más finas que el plástico que las separa. Y mira que me cuesta imaginar algo peor.

He paseado un rato al borde de la hipotermia, perdida en medio de kilométricos lineales de yogures, uno a cada lado, tan largos que casi veía como se juntaban en un punto allá lejos, en el horizonte. Totalmente rodeada de yogures: de vaca, con azúcar, sin azúcar, con sacarina, de sabores, con frutas normales, con mezclas de frutas exóticas, en mousse, griegos, griegos con todas las variantes anteriores, para niños, de vaca pero sin lactosa, con frutas, desnatado con sacarina, desnatado con frutas, de oveja, de cabra, de soja, frescos… Esto sin hablar de las sección postres, sólo de yogures. No he cogido ninguno, pero después de la sesión de crioterapia creo que tengo menos arrugas.

En mi deambular paso por cosmética. Hay champú para cabello graso, seco, normal, deshidratado, desnutrido, liso, ondulado, rizado, con tendencia al encrespamiento, especial volumen, para pelo teñido, con canas, para hombre, especial sport… Como dice el chiste: perdone, ¿y para el pelo sucio tiene alguno? Mejor me lo sigo lavando con una pastilla de jabón, que todas los otros me dan caspa.

En la pescadería me quedo extasiada y llena de nostalgia. Valorad y dad gracias por la suerte que tenéis de poder comprar muchos tipos de pescadito rico cuando os de la gana; no hay que irse a otros países para que eso sea una utopía.

Y así, pasillos y pasillos. Salgo hora y media después completamente abrumada. La enorme variedad de opciones me complica más la vida que otra cosa. Tanta posibilidad de elección me aturde y me paraliza. Me pasa como en los zocos marroquies, que de primeras lo quiero todo y acabo sin llevarme nada.

Sobredosis de opciones

Por lo visto no soy la única a la que le pasa. Sin buscarlo, encuentro un artículo en el que hablan de esto, y del miedo a perderse algo. Ese miedo a no estar aprovechando la vida lo suficiente también lo aumenta la cantidad de oportunidades que nos ofrece el mundo desarrollado. Barry Schwartz es autor de Por qué más es menos. La tiranía de la abundancia’. Este buen hombre parte de la premisa de que el aumento de la depresión en el mundo desarrollado es consecuencia directa del aumento de opciones. No tener opciones es malo, pero llega un momento en el que seguir ampliando el abanico causa parálisis, insatisfacción e incluso depresiones.

“El aumento de opciones que nos ofrece la sociedad de consumo nos aleja de la felicidad en lugar de acercarnos a ella.” -Barry Schwartz-

Si no te apetece leer, te dejo una TedTalk suya:

Visto lo visto, igual la tiendita de aquí al lado no es tan mala opción. 😉

 

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