El Corazón y la Voz

El Corazón y la Voz

Bajo la fachada, bajo las capas y capas de protección, los muros cuidadosamente construidos, las apariencias y la superficialidad. Bajo años de corazas bien armadas y aseguradas. Bajo todo eso se escondía un corazón palpitante, un núcleo blando, rosa, esponjoso, suave. Tan sutil, tan etéreo, tan frágil, tan magnífico en su vulnerabilidad que era magnético, brillante y glorioso. Descansaba sobre un cojín, como una joya preciosa, intacta y aislada. Un cojín de raso, todo suavidad y mullido para acoger tan precioso don.

Estaba tan lejos, tan aislado. El palpitante corazón anhelaba ver mundo y, sobre todo, anhelaba ver otros corazones. Intuía que no era el único corazón, pero no había terminado de conocerlos nunca. Quizá, en su infancia, cuando era muy, muy pequeño y no estaba tan protegido. Cuando jugaba libre, le daba el sol, el aire, la luna y las estrellas. Pero de eso hacía algunos miles de años, o eso le parecía. Ya ni se acordaba de ello, pero tenía una nostalgia. Una nostalgia casi sólida, de lo intensa que era.

Un día empezó a gritar; estaba totalmente harto de estar escondido sin que le hicieran caso.

– “Eiiiiiiii, ¡que me saquéis de aquí!!”

Gritaba cada vez más alto, porque no había respuesta a sus gritos. Y gritó, gritó y gritó. Hasta que un día, de ninguna parte en concreto y de todas a la vez, escuchó una voz que decía:

– “Shhhhhh, ¡calla, coño! Que estás empezando a gritar y agitarte tanto que voy a tener que hacer algo contigo. Ya no puedo hacer como que no estás.”

– “¿Quién será esa Voz?” se preguntaba el corazón, “¿de dónde saldrá?” Pero no encontraba respuesta, y sólo alcanzaba a ver el muro gris que tenía rodeándole.

Y cuando el corazón se calmaba, la Voz desaparecía.

Pero el corazón se iba hartando cada vez más de su encierro. Tenía unas ansias cada vez mayores de salir, de fundirse con el mundo. Sentía que tenía que entregarse a algo mayor que él. Así que se entregó a agitarse y a gritar cada vez más.

Según el corazón se alteraba, la Voz se iba poniendo más y más nerviosa. Sobre todo porque los corazones no duermen ni descansan. Así que podía gritar y saltar constantemente… y la Voz se desesperaba; perdía los nervios cada vez con más frecuencia.

Hasta que un día la Voz habló, con un tono muy distinto, calmado, aceptando:

– “Habla, corazón, dime, ¿qué quieres?”

El corazón se estremeció de emoción y dijo:

– “Quiero salir de esta prisión. Quiero abrirme al mundo. Quiero dar y recibir amor”.

La Voz contestó:

– “No sabes lo que dices. El mundo es peligrosos. Tu eres blando, precioso y muy frágil. Es mejor para ti que sigas aquí escondido, así no sufrirás. Créeme, te estoy haciendo un favor.”

El corazón respondió:

– “Déjame salir un ratito, por favor. ¿No ves que aquí me estoy muriendo? Estoy perdiendo mi color rosa, me estoy volviendo gris. Mis bordes se están volviendo rígidos en vez de esponjosos y mi latir está cambiando, ya no tiene ritmo ni fluidez… estoy perdiendo mi swing”

La Voz se lo pensó bastante tiempo. El corazón esperó paciente, abierto y confiado.

Hasta que la Voz dijo:

– “No se cuanto tardaré en sacarte de ahí. He puesto tanto empeño en resguardarte, tantas capas a tu alrededor, que me va a costar tiempo y trabajo liberarte.”

– “No tengas prisa. Mientras que note que cada día haces algo para liberarme, que no olvidas tu propósito de dejarme libre, esperaré tranquilo. Confío en ti.” – respondió el corazón.

Y así sucedió.

La Voz empezó a liberar muros. Unos se derribaban facilito, y ese día la Voz avanzaba muchísimo. Otros muros, construidos con material más duro, parecía que no iban a caer nunca. Pero la Voz trabajaba a diario, y hasta los muros más gruesos fueron cayendo.

El corazón permanecía tranquilo, confiado y cada vez más alegre.

Llegó el día en el que cayó la última capa de protección. El corazón se vio deslumbrado por la luz, por tanto estímulo y variedad que había delante suyo. Cuando se acostumbró miró alrededor y se dio cuenta de que había estado siempre viviendo dentro del pecho de la Voz, sin saberlo. Y era un lugar realmente maravilloso para vivir, ahora que no había muros… acogedor, calentito y con unas vistas increíbles.

Vio otros corazones a su alrededor, dentro de muchos tipos de Voces. Algunos abiertos, otros presos, otros amurallados como había estado él. Aprendió a comunicarse con esos otros corazones y sobre todo, aprendió a entenderse con “su” Voz. Construyeron un equipo. Confiaban el uno en el otro.

El corazón sentía y sentía; unas veces cosas maravillosas, otras creía que se iba a romper de dolor. Aun así, la Voz no volvió a ponerle muros, porque vio que el dolor pasaba, y que el corazón no se rompía; incluso salía fortalecido.

Y finalmente la Voz se dio cuenta de que la vida era mucho más brillante, más luminosa, más excitante y más “viva” cuando se experimentaba con el corazón abierto.

Este cuento se escribió hace año y medio, en un momento de tristeza infinita. Digo se escribió, porque yo sujetaba el boli e iba leyendo las palabras a medida que se escribían. Salieron a través de mi, pero yo no interfería con ellas. Hoy he leído esta cita que en ese momento no conocía:

“Tenemos que seguir abriéndonos, incluso frente a la más terrible oposición. Nadie nos alentará nunca a abrirnos, sin embargo, debemos seguir mondando las capas que recubren nuestro corazón.” -Chögyam Trungpa, Rinpoche-

Siempre me lo imagino maquetado como un cuento para niños, con grandes y coloridos dibujos acompañando el texto… quizá a alguien que lo lea le apetezca ilustrarlo. ¿Me avisas si es así? 🙂

Foto: Bhumika Bhatia

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