Huele a otoño

Huele a otoño

Huele a otoño hace días; no se si bañarme o comer castañas, si tomar el sol o sacar las mantas, si ponerme vaqueros y botas o ir en tirantes tiritando.

Primero me ha cabreado un poco, porque me gusta el calor, llevar poca ropa y sobre todo, la luz. Además siempre pienso que no he aprovechado el verano lo suficiente, que no he hecho todo lo que nos venden que hay que hacer en verano lo suficiente.

Después me he acordado de lo precioso que se pone aquí el campo en otoño. Todo reverdece con las primeras lluvias, las hojas se vuelven amarillas, naranjas y rojas como si fuera una segunda floración, las gargantas vuelven a bajar llenas de agua, hay días brumosos que parece que en cuanto abra la niebla vas a aparecer en Avalon…

Doy un paseito por el campo, con las hojas caídas crujiendo a mi paso. En una racha de viento me arropo con una cálida chaqueta de lana virgen. Después llego a casa, y enciendo la chimenea. Pongo dos copas de vino. Me siento a mirar el fuego, mientras fuera ha empezado a llover. Me giro y le doy la otra copa de vino al mozo recio que me acompaña. Vamos entrando en calor, y me quito la chaqueta de lana. Me reconcilio con la vuelta del frío.

¡Hey! Wait a minute…

Que no tengo chaqueta de lana virgen ninguna. ¡Ups!, tampoco chimenea. ¡Coño!, me acabo de acordar, ¡que tampoco tengo novio! A tomar por culo la idílica escena de romanticismo otoñal. 😉

Tendré que mirar la llama de gas de la estufa catalítica; de lejos, claro, que ya he quemado una chaqueta 100% acrílico; mira que arden bien las jodías. Intentaré leer envuelta en la manta como un morador de las arenas, sacando las manitas lo justo para sujetar el ebook. De vez en cuando subiré aun más la manta, que la nariz se me queda tiesa y no es cuestión de estar en casa con el pasamontañas puesto. Y el vino, casi que lo dejo para otro día que venga alguien, porque a lo de chuzarme sola todavía no he llegado.

Las estaciones están mal puestas

Me gusta celebrar la rueda del año, como lo llaman en la tradición celta. Es una forma de estar consciente del paso del tiempo, recordar que la vida es un ciclo en constante cambio y de dar gracias.

Pero estoy convencida de que las estaciones van 3 o 4 semanas retrasadas. Están mal puestas.

En febrero ya es primavera. Y no para mi,  sino para los árboles; que se lo pregunten a los almendros… Aunque haga frío, el aire huele distinto, el ambiente tiene algo más limpio y los días se quieren alargar.

Junio es claramente verano, desde el principio, no desde el 21. Días eternos, maravillosos atardeceres a las 10 de la noche, calor y frutas de colores.

Septiembre, a la vista está… es otoño mucho antes del 21. Desde mediados de agosto al campo se le nota que tiene ganas de otoño. Algunos días puede que haga calor, y mucho, pero no es verano. Es otra cosa.

Y el invierno empieza exactamente el último fin de semana de octubre, cuando hacen ese fatídico y deprimente cambio de hora.

Al final va tener razón El Corte Inglés y la Navidad empieza el 1 de noviembre.

Esta canción si que huele a otoño, a Mabon, otoño celta:

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  1. En la mitad del invierno - Silvia Alegria. Filosofía neorural - […] fiestones todas las mañanas y el aire empieza a oler distinto, a primavera. Me reafirmo en que las estaciones…

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