La invasión de los Parientes (II)

La invasión de los Parientes (II)

Jueves santo. Llueve y hace frío, lo de siempre en Semana Santa, caiga cuando caiga y estés donde estés.

A medio día nos juntamos todos para comer en Madrigal, la que vive aquí (o sea, la menda lerenda), los que han ido viniendo y mi madre, Sara y Luis, recién llegados de Madrid.

Creo recordar que he dicho que vivo en una finca… en medio del campo… Con su tierra y sus cosas. Pues la tierra cuando llueve se embarra, os lo juro por Snoopy. Así que está todo embarrado (y mi madre con sus bailarinas). Por cierto, que la finca la he rebautizado como Ñordor; y es que 13 perros cagando, seis de ellos mastines, generan mucho, pero que mucho ñordo 😉

¡Ah! Para llegar a la casita de Numerobis hay que atravesar el patio con perros; creo que la forma de ir hasta ella evitándolos ha quitado el sueño a más de una. Sobre todo a una, que imaginaba técnicas para llegar: la formación en tortuga romana, en la que entre todos la rodeábamos para impedir que cualquier aliento perruno la rozara, comprarse un traje de apicultor o de astronauta, aprender a andar con zancos…

Al llegar a Ñordor mi espía (Victoria) me casca los comentarios de mi madre: “Pero esto está lejísimos”, “Uuuuuhhh, que metido en el campo”, “¿Qué hará esta chica aquí?”, “¿De dónde ha sacado esto?”.

Primera parada: los burros y los cerdos. Y el momento estrella: ver a Ana y a mi madre, bajando la cuesta resbaladiza agarraditas del brazo, con cara de medio  espanto, medio risa de circunstancias y con un toque de estar pensando en fumigarse con un poco de Zotal por la noche. Arrugando la nariz y dando pasitos. De verdad, que las palabras se quedan cortas. Susana y yo llorábamos de la risa al verlas.

A todo esto el desembarco fue a la hora de la siesta, y con muchos gritos, que tenemos mucho parecido con una familia napolitana. ¡Coged a Alonso, que no se caiga! ¡Cuidado! ¡Yo quiero ver a los perros grandes! ¡Yo no quiero verlos! ¡Mirad a los cerditos! Y más de ese estilo.

Lo bueno de tanto grito es que despertamos a los aborígenes, con lo que escondieron momentáneamente a los perros y atravesar el patio fue pan comido. Visita a los frutales y a las gallinas (que apestan más que ningún otro bicho, pero como los huevos recién cogidos están muy ricos, se lleva mejor ) y todos a la casita.

Ahí que nos metimos todos… ¡Y cupimos! Lo primero fue señalar los hitos importantes, como en cualquier visita a un monumento que se precie: el enfoscado, los cisnes, los azulejos en escalera, la pintura de la pared, la barra desnivelada… Y luego Manolo me puso la tele y comprobó en sus carnes lo complicado que es usar el nivel y las propiedades repelentes de las paredes. Tomás enredó con la cisterna del váter. Susana se tumbó en la cama un rato. Al resto les puse a hacerme dibujos para tapar los cisnes de la puerta. Y todos merendamos, nos ritratamos… La capacidad de la casita me dejó francamente admirada, ¡puedo hacer fiestas!

parientes en la vera

No os digo más que mi madre, que en teoría iba a dormir en la casa de Tomás en Aldeanueva, prefirió quedarse conmigo y no hacía más que decir: que a gusto estoy, que cómoda, que bonito te ha quedado, que gusto tienes, hija, que sorprendentemente ordenado, que bien he dormido… Jejejeje ¡La mamma en el bote!

Al día siguiente le hice ponerse mis botas de agua rojas. Pero “La abuela con botas” haciendo turismo, la competición de paellas, el tren de los guiris, apestal, vomital… son otra historia, que no viene al caso. 😉

Si te ríes con mis peripecias, hazme un favorcito y comparte, comenta… ¡Que lo mismo un día me hago rica y famosa y te puedo invitar a cenar por tu colaboración en mi estrellato! ;-P

6 Comentarios

  1. por favor, pon una foto de todos en tu casita…
    y es una pena no tener el video con la bajada por el barrizal de mamá y ana, eso
    fue el momentazo, las dos agarraítas jurando en arameo por dentro, haciendo una verdadera penitencia al entrar ahí, juauauauajajajaja, es que me acuerdo y me escojono another,

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  2. Beby es la mejor! sin duda !

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  3. Debo decir que está divinamente retratado. Te has olvidado de las verruguillas pero nadie es perfecto. Mamá y yo tuvimos otro momento de similar hondura enfilando el camino del gallinero, ese se te ha pasado 😉

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  4. El momento gallinero, con el camino sembrao de ñordos del tamaño de un calabacín terciado, mojados por las lluvias, fué apoteósico; el hedor era una cosa pestilente que no tengo palabras para describir, las gallinas estaban metidas hasta las pantorrillas de ellas en un barro apestoso, y espeluchadas, si bien es verdad que los huevos saben a gloria, todo hay que decirlo.
    Pero lo que dijo mamá yo no lo oí, me bastaba con ver las caras de ambas las dos, me tuve que ir muriéndome de la risa, indescriptible!

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    • Pffffjuuuuuuaaaaaaasssssssss
      Me encanta lo que más “hasta las pantorrillas de ellas”. Bueno… lo del calabacín terciado también; por cierto, eso lo puedes decir en tus reuniones: “Chicas, aquí tenéis un vibrador del tamaño de un calabacín terciado, y aquí de otro terciado plus” ;-P

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  5. Ante la expectación de todo el clan por ver el gallinero, y por aquello de no ser menos y conocer el hábitat de la pequeña, eso sí, haciendo de tripas corazón, mi madre, con sus manoletinas y yo con mis botas de alta montaña preparada como si fuera a Nepal, vamos agarradas -el miedo a lo desconocido nos une-, a explorar los confines de la Numerobix,s home. Una aventura no exenta de riesgo, los ñordos como calabacines terciados nos asedian, enseres amontonados probables hábitats de roedores e insectos abundan por doquier. A lo lejos se oye el alborozo del clan, los ladridos de Kraken, las risas de Alonso… Ánimo, nos decimos, apuremos este caliz hasta el final. Enfilamos porcima la casita, cautelosas y expectantes, pasito a pasito como si hubiera minas terrestres. Un olor irreconocible, pestilente, se hace cada vez más denso. Mi madre, a punto de gangrenarme el brazo de lo fuerte que se aferra, me clava sus nudillos y susurra en un suspiro: “¡Ay, Dios mío!. ¡Esto es el infierno!. ¿Dónde se ha venido esta hija?”. “Valor”, le digo animosa, “ella está feliz aquí”. “Sí, eso parece”, admite mi madre a regañadientes. A mitad de la expedición, vemos que Susana y Silvia nos observan subir, desmoñadas, retorcidas de risa. El resto del clan retorna del gallinero. Mi madre y yo, suspiramos aliviadas y damos por concluida la peligrosa incursión. Media vuelta, sin llegar a ver gallina alguna (es más, ¿qué es una gallina?, ¿no es eso que venden en bandejas blancas en Mercadona?), felices de regresar a la seguridad de la minipreciosacasita de Silvia, despacito por si los ñordos. En Numerobix`s home nos atrincheramos, cogiendo fuerzas y planificando nuestra siguiente incursión exterior: la estrategia de salida para sortear los 12 perros tamaño XXL.

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