Las hadas existen, que yo conozco una

Las hadas existen, que yo conozco una
Hay personas mágicas, personas que devuelven la fe y la esperanza en el género humano, personas que hacen que me replantee mi idea de que nos merecemos la extinción como especie.
También hay monstruos, claro. No hablo de violadores, pederastas, asesinos… para esos lo de monstruo se queda muy corto. Me refiero a malvados de estar por casa. Personas capaces de coger ocho cachorros recién nacidos, meterlos en una bolsa de plástico y dejarlos a morir en la basura. De esos, parece ser que hay muchos. Igual tu vecino tan simpático es uno.
Por suerte las hadas existen. Viven camufladas de ser humano con pelo rojo. Recogen dos de esos perritos destinados a morir de hambre o de frío, no se qué llega antes, y luchan con uñas y dientes para sacarlos adelante. Les dan biberón cada tres horas, lo llevan pegados a su cuerpo para darles el calorcito de la madre que les negaron, limpian pises y cacas. Se pasan la noche en vela. Se angustian porque su trabajo les impide cuidarles. Mueven todo lo necesario para buscar otras personas que las ayuden, para buscar una familia para cuando ese cachorrillo crezca, porque están seguras de que van a crecer. Y lloran, lloran y lloran cuando pese a sus esfuerzos, no hay salvación posible. Hay personas que tienen un corazón tan grande que asombra que quepa en un cuerpo tan pequeño.
Hay hadas, que cuando haces la mil millonésima parte que ellas, se deshacen en gracias. Que reparten alegría y amor con una generosidad infinita.
Tengo la inmensa suerte de conocer un hada. Hoy, durante dos horas escasas, he podido ser su ayudante. El dolor es que el esfuerzo no ha dado resultado; Mila no ha podido ser un milagro más que unas horas y el hilito de respiración que la quedaba se ha ido haciendo cada vez más fino, hasta que se ha roto a mi lado.  Ahora está en el paraíso de los perros, con los 7 hermanos que se asesinó ese monstruo cotidiano. Quiero pensar que ha sentido el calor, la compañía y el amor que su hada le ha dado durante sus escasos dos días de vida.

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