3Dic

Vemos las cosas como creemos que deben ser

Dicen que no vemos las cosas como son, sino como somos. Viendo este vídeo da por pensar que las vemos como nos creemos que deben ser.

6 fotógrafos, 1 hombre, 6 perspectivas

Es un experimento hecho por Canon Australia. Llevaron un modelo y seis fotógrafos. A cada uno de ellos les contaron una historia distinta sobre el modelo, que fue en cada caso millonario, ex-convicto, psíquico, alcohólico, salvavidas o pescador. Para todas las fotos usaron el mismo estudio, la misma cámara, los mismos accesorios… sólo cambiaba el fotógrafo y lo que cada uno se pensaba que tenían delante.

Una fotografía está más moldeada por la persona que hay detrás de la cámara, que por lo que está en frente de ella, (traducción libre de “A photograph is shaped more by the person behind the camera than what is in front of it.”) dicen en el vídeo. El slogan que tienen para estos experimentos es No one sees it likes you. Sin duda, y es cierto para toda forma de arte, de creatividad o de expresión. Si escribo sobre la montaña que domina la vida en La Vera, probablemente diga más de mi que de la montaña.

Pero, ¿qué parte de esa mirada única que tenemos cada uno está influida por la idea de lo que suponemos que tenemos delante? ¿Cuanto hay de lo que me he convencido que es? En el caso del experimento de Canon… ¿cómo hubieran sido las fotos si hubieran repartido los personajes de otra manera? ¿Qué enfoque hubiera dado el fotógrafo que retrató un millonario si hubiera pensado que tenía un ex-presidiario delante? Para mi el auténtico experimento hubiera sido que todos fotografiaran a la misma persona, al salvavidas o al alcohólico. Ahí si que se demostraría que “nadie lo ve como tu”. Otro experimento interesante sería el que cada fotógrafo hubiera retratado las seis personalidades, pero claro, esa prueba solo se puede hacer en universos paralelos. 😉

Lo que me queda de esto es que estamos (estoy) mucho más condicionados por nuestras creencias de lo que podemos pensar.

 

30Nov

Las hadas existen, que yo conozco una

Hay personas mágicas, personas que devuelven la fe y la esperanza en el género humano, personas que hacen que me replantee mi idea de que nos merecemos la extinción como especie.
También hay monstruos, claro. No hablo de violadores, pederastas, asesinos… para esos lo de monstruo se queda muy corto. Me refiero a malvados de estar por casa. Personas capaces de coger ocho cachorros recién nacidos, meterlos en una bolsa de plástico y dejarlos a morir en la basura. De esos, parece ser que hay muchos. Igual tu vecino tan simpático es uno.
Por suerte las hadas existen. Viven camufladas de ser humano con pelo rojo. Recogen dos de esos perritos destinados a morir de hambre o de frío, no se qué llega antes, y luchan con uñas y dientes para sacarlos adelante. Les dan biberón cada tres horas, lo llevan pegados a su cuerpo para darles el calorcito de la madre que les negaron, limpian pises y cacas. Se pasan la noche en vela. Se angustian porque su trabajo les impide cuidarles. Mueven todo lo necesario para buscar otras personas que las ayuden, para buscar una familia para cuando ese cachorrillo crezca, porque están seguras de que van a crecer. Y lloran, lloran y lloran cuando pese a sus esfuerzos, no hay salvación posible. Hay personas que tienen un corazón tan grande que asombra que quepa en un cuerpo tan pequeño.
Hay hadas, que cuando haces la mil millonésima parte que ellas, se deshacen en gracias. Que reparten alegría y amor con una generosidad infinita.
Tengo la inmensa suerte de conocer un hada. Hoy, durante dos horas escasas, he podido ser su ayudante. El dolor es que el esfuerzo no ha dado resultado; Mila no ha podido ser un milagro más que unas horas y el hilito de respiración que la quedaba se ha ido haciendo cada vez más fino, hasta que se ha roto a mi lado.  Ahora está en el paraíso de los perros, con los 7 hermanos que se asesinó ese monstruo cotidiano. Quiero pensar que ha sentido el calor, la compañía y el amor que su hada le ha dado durante sus escasos dos días de vida.
23Nov

De turismo en Carrefour

Bueno, pues he ido a Carrefour y os voy a contar un poco, como empezaría Angel Sanchidrián una de sus  Sinopsis De Cine.

Entiendo que no es muy emocionante cuando vives rodeado de todo tipo de tiendas y centros comerciales, pero adquiere dimensiones de aventura épica para otras personas… como por ejemplo, para mi.

En el pueblo somos menos de 2.000 habitantes (me incluyo, porque este año me he empadronado). Tenemos los siguientes supermercados / tienditas en las que comprar víveres:

  • El Dia, que por comparación es la “gran superficie” de la zona.
  • El chino. Que tiene helados, bolsas de “snaks” de marcas insospechadas, pan bimbo y latas de atún para momentos de emergencia extrema.
  • Otra tienda de chuches, pan, patatas y productos típicos.
  • La carnicería 4 Caminos, que venden cositas ricas y gourmet, entre ellas cremas para la cara, a pesar de lo que el nombre “carnicería” pueda dar a entender que vende.
  • La pescadería, que abre 2 veces en semana y no se ni como es por dentro.
  • La frutería, que sorprendentemente tiene una fruta que es una mierda. Si vienes a La Vera compra en la Frutería Raquel, en Villanueva, que la fruta está buenísima y ellos son encantadores.
  • Y alguna que otra microtienda o colmadito.

Así que de variedad, estamos escasitos. Y cuando una tiene unas dotes de ama de casa como las mías, el único sitio al que va es al Día, o al chino en plan comando. En Villanueva y Candeleda, da igual que vaya a la derecha o a la izquierda o que cambie de comunidad autónoma, el panorama cambia poco.

Soy muy fan de la ruta aria, o lo que es lo mismo, de ir de Lidl a Aldi, o de Aldi a Lidl y llenar la despensa como para sobrevivir a un holocausto nuclear. Pero para ello tengo que ir a Talavera o Navalmoral y eso es lejiiiiisimos cuando te has acostumbrado a las distancias pueblerinas.

A esto es a lo que estoy acostumbrada. O resignada, porque la escasez de variedad de comida es lo que peor llevo de vivir aquí.

Turismo en Carrefour

Alguna de las veces que voy a Madrid, entro en Carrefour, o en algún otro sitio parecido. Voy despacito, con los ojos como platos. Es cómo hacer turismo: ves cosas nuevas y distintas a las que ves normalmente. Aunque estés muy acostumbrado a comprar en centros comerciales grandes, ve un día de visita, en vez de cegao y con prisa para terminar pronto. Es una experiencia asombrosa.

Hoy he ido. Hoy “he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser“, y eso sin ser replicante.

He visto cosas como Jamón especial para melón. Espera que me vuelva a poner los ojos en su sitio, que se me han salido de las órbitas de la impresión. Efectivamente, no es una alucinación, venden “jamón especial para melón”. Como diría la difunta Sara Montiel, “Pero… ¿qué invento es este?” Con jamón normalmente te comes los melones que están más pepinos, para que sepan a algo. Lo que me lleva a pensar que el jamón especial para melón es aún peor que esa carne poco curada y blandengue que venden en lonchas más finas que el plástico que las separa. Y mira que me cuesta imaginar algo peor.

He paseado un rato al borde de la hipotermia, perdida en medio de kilométricos lineales de yogures, uno a cada lado, tan largos que casi veía como se juntaban en un punto allá lejos, en el horizonte. Totalmente rodeada de yogures: de vaca, con azúcar, sin azúcar, con sacarina, de sabores, con frutas normales, con mezclas de frutas exóticas, en mousse, griegos, griegos con todas las variantes anteriores, para niños, de vaca pero sin lactosa, con frutas, desnatado con sacarina, desnatado con frutas, de oveja, de cabra, de soja, frescos… Esto sin hablar de las sección postres, sólo de yogures. No he cogido ninguno, pero después de la sesión de crioterapia creo que tengo menos arrugas.

En mi deambular paso por cosmética. Hay champú para cabello graso, seco, normal, deshidratado, desnutrido, liso, ondulado, rizado, con tendencia al encrespamiento, especial volumen, para pelo teñido, con canas, para hombre, especial sport… Como dice el chiste: perdone, ¿y para el pelo sucio tiene alguno? Mejor me lo sigo lavando con una pastilla de jabón, que todas los otros me dan caspa.

En la pescadería me quedo extasiada y llena de nostalgia. Valorad y dad gracias por la suerte que tenéis de poder comprar muchos tipos de pescadito rico cuando os de la gana; no hay que irse a otros países para que eso sea una utopía.

Y así, pasillos y pasillos. Salgo hora y media después completamente abrumada. La enorme variedad de opciones me complica más la vida que otra cosa. Tanta posibilidad de elección me aturde y me paraliza. Me pasa como en los zocos marroquies, que de primeras lo quiero todo y acabo sin llevarme nada.

Sobredosis de opciones

Por lo visto no soy la única a la que le pasa. Sin buscarlo, encuentro un artículo en el que hablan de esto, y del miedo a perderse algo. Ese miedo a no estar aprovechando la vida lo suficiente también lo aumenta la cantidad de oportunidades que nos ofrece el mundo desarrollado. Barry Schwartz es autor de Por qué más es menos. La tiranía de la abundancia’. Este buen hombre parte de la premisa de que el aumento de la depresión en el mundo desarrollado es consecuencia directa del aumento de opciones. No tener opciones es malo, pero llega un momento en el que seguir ampliando el abanico causa parálisis, insatisfacción e incluso depresiones.

“El aumento de opciones que nos ofrece la sociedad de consumo nos aleja de la felicidad en lugar de acercarnos a ella.” -Barry Schwartz-

Si no te apetece leer, te dejo una TedTalk suya:

Visto lo visto, igual la tiendita de aquí al lado no es tan mala opción. 😉

 

13Nov

Arte sin medios

Me encanta la gente que crea con materiales al alcance de (casi) todos. Demuestran que no son los medios lo que hace al artista, sino la mirada interior, el arte, la creatividad que cada uno saca de una forma y que todos tenemos, aunque a veces esté dormida.

Me sirve sobre todo de recordatorio para mi. Muchas veces no hago cosas, en teoría por no tener los medios adecuados, cuando en realidad esa necesidad de tener todo listo de antes esconde un miedo a cagarla, a no hacerlo tan bien como me exijo hacerlo. Una necesidad que bloquea y paraliza con la excusa, por ejemplo, de “no puedo pintar si no tengo una caja con 50 óleos, atril, lienzos, carboncillos, perfecto conocimiento de la teoría del color…” cuando con un boli bic o una tiza podría expresarme si me lo permitiera.

Así que para que los conozcas, y para motivarme, te dejo ejemplos de personas que hacen fotos y dibujos… increíbles con muy pocos medios.

Fotos

Guido Gutiérrez Ruiz, hace unos fotones absolutamente impresionantes. Los más famosos son los de reflejos en charcos. No me extraña, porque son unas fotos mágicas, con su mirada Madrid se vuelve la capital de un reino de fantasía.

Como dice en Boredpanda: “Con mi cuenta de Instagram @guigurui trato de demostrar que no necesitas una cámara profesional para hacer buenas fotografías. Usando un smartphone, puedes hacer una bella captura que cuenta su propia historia.” 

Para hacer fotos impresionantes no hace falta la mejor cámara reflex del mercado, hace falta mirar de otra manera.

Dibujos

Hechos con café

Maria A. Aristidou, con unos pinceles y con café hace acuarelas. Como buena friki, soy particularmente fan de la serie de Star Wars.

O con boli

Este vídeo que muestra acelerado el proceso de hacer un retrato a boli bic me deja hipnotizada. ¡Que arte! La pena es que no se cómo se llama la chica que dibuja.

Hasta con harina

Los rangolis o kolams, son dibujos que las mujeres de la India hacen delante de las puertas de sus casas, para atraer la buena suerte y la protección de los dioses. Estos diseños tan alucinantes los hacen con polvo de arroz o harina, que pueden estar coloreados con cúrcuma, bermellón. Algunos se hacen con pétalos de flores. No pueden ser más bonitos

(estas fotos las he sacado de aquí)

Si tienes algo que expresar, y todos lo tenemos, no te creas nunca que la supuesta falta de medios, oportunidades o conocimientos es un obstáculo. No dejes que el miedo te paralice.

Foto de cabecera: unsplash

3Nov

¿Perro o pájaro?

Te lo aviso, después de saber esto no podrás volver a ver a la gente sin meterla en una de estas dos categorías.

Mírate. Mira a las personas que te rodean. Mira a la gente con la que te cruzas… ¿te recuerdan a un perro o a un pájaro? Desde que alguien me contó su teoría de que las personas tenemos cara de perro o de pájaro, me lo paso bomba decidiendo. Es un hobbie absurdo, pero muy contagioso.

Yo soy perro. En mi familia casi todos somos perros: mi padre, mi madre, mis hermanas y tres de mis sobrinos. Mi sobrina pequeña es pájaro, porque se parece a la familia de mi cuñado, que son pájaros casi todos.

¿Perro o pájaro?

Ejemplos de perro:

brad

gerard butler

Ejemplos de pájaro:
hugh-jackman

velencoso

Jejejejeje… creo que en los ejemplos se me ha visto el plumero, pero sirven para que te hagas una idea de cómo es el juego, y de qué no importa la categoría a la que pertenezcas para estar buenorrísimo/a.

Por simple diversión, no hay categoría mejor ni peor, ni ningún rollo pseudopiscológico detrás. ¿Perro o pájaro? ¿Pájaro o perro? Así de chorra y de divertido. Y hasta aquí la gilipollez del día.

Fotos: unsplah, albumarium y las de Kraken y los macizos hechas con mi teléfono 😉

23Oct

Una noche en la Praia do Amor

El final estaba claro desde el principio. No hizo falta más que una sonrisa, un piropo y un baile caliente y bien pegado. Un amago de beso esquivado. Algo de conversación difícil, él no sabía español ni ella brasileño.

– Vivo en mitad de la Praia do Amor. Soy artista… escultor, pintor y músico. Ven a ver mis esculturas.

– Ja ja ja ja… si, claro, ahora se llama así “enseñar las esculturas”.

Chao, chao, dos besos en las comisuras y uno en la boca a petición de las amigas. Esas mismas que se despidieron de él, con un “hasta luego majo, que mañana zumbas”. Carcajadas y lágrimas de risa de vuelta a casa.

El día siguiente sólo hubo un cruce de caminos en la calle del pueblo; con el torso descubierto y lleno de pintura, por lo visto había estado trabajando en su arte.

Último día en el paraíso. Más caipiriñas, bailes, miles de millones de carcajadas. Camino a la discoteca le encontraron andando en sentido contrario.

– Pero tú… ¿qué haces con zapatos?

– ¿Os vais a dormir?

– Claro, contigo.

– ¿De verdad vas a dormir conmigo esta noche?

– Nos vamos a bailar, luego te veo.

Otro beso fugaz.

La discoteca era un asco y esas buenas amigas decidieron acompañarla, en realidad empujarla, a buscarle en los bares que aún quedaban abiertos en el pueblo.

Estaba en la calle, en la puerta de uno. Las chicas entraron a por otra caipirinha. Ella salió la última y encontró que sus amigas ya estaban hablando con él y su amigo.

– Ven, que yo soy el sol, tu amiga la luna y tu una estrella.

Diez segundos tardó en convencerla de ir a ver las estrelas, como ella, a la playa. Se fueron de la mano, por el camino algunos besos. Unos pasos más allá la paró en medio de la calle y empezaron a besarse con más pasión.

Así, entre pasitos, besos, abrazos y caricias llegaron a la orilla. Unos metros más por la playa, sólo girar la esquina que separa la del Centro de la de Amor y dijeron “adiós” a las luces del pueblo y “hola” a las estrellas.

– ¿Traes extranjeras aquí todas las noches?

– A dos, pero sólo besos. Tu eres la primera.

Luna en cuarto creciente, un cielo absolutamente espectacular, con las constelaciones del hemisferio sur, tan distintas de las que está acostumbrada a ver.

– ¿Qué estrella soy yo?

– Elígela.

– Esa. Esa que brilla mucho.

– Cuando la mire me acordaré de ti. Tu eres mi estrela.

Un rato de pasión en las rocas, él es salvaje, sensual, relajado, de piel canela y manos ásperas pero dulces. Sin camisinha nada.

– Llévame a tu casa.

De camino a su casa, él la canta al oído, con voz grave y sensual. Parece una canción romántica, aunque no entiende nada de lo que dice. Bailan sobre la arena mojada, le enseña samba y capoeira. Siguen los abrazos y los besos. A la luz de un mechero le enseña fogonazos de sus esculturas: un tucán, un colibrí como totems, y varias serpientes escondidas entre las plantas que crecen por la arena.

Las estrellas son testigos de su paseo, él le sigue cantando.

– Mira… mi piscina, mi jardín y mis luces dice señalando el océano, la selva y el firmamento.

Ella piensa que ninguna piscina, jardín ni luces caras pueden ser más bonitas.

Su casa, una tienda de campaña cubierta de palmeras escondida entre la vegetación de la falesia, no se distingue desde fuera.

Se meten en la tienda, la luz es una velita dentro de una botella de Coca cola. Se siguen amando, sudorosos, con la única música de las olas rompiendo a escasos metros y sus jadeos. Él repite todo el rato gostosa, gostosa… ella no sabe el significado, pero queda claro el sentido. “Estás buenísimo. El tampoco la entiende. Da igual, las palabras son sólo sonidos que acompañan. Ella se pierde en sus ojos oscuros, en su boca carnosa, en sus manos ásperas y hábiles, su lengua generosa, su cuerpo fibroso y su culo prieto.

Él le enseña sus pertenencias: unas plumas recogidas en la playa, un collar que besa al quitárselo, un libro de arte.

– Quiero ir a Brasilia, hay mucho arte y música.

– ¿No Río, ni Saô Paulo?

– No, no, allí hay mucha violencia.

Me lo tengo que comer.

A ella se le cae un pendiente de aro y se lo regala, él lo guarda como un tesoro.

Toca la pandereta, ofreciéndola un concierto privado. Ella aplaude entusiasmada. Él se sonroja… “lo he hecho fatal”.

Soy indio y esclavo -dice orgulloso de sus raíces- Estás con un indio y esclavo.

– Pues tu estás con una blanquita de ciudad.

Vuelven a tocarse, a acariciarse, a perderse el uno en el cuerpo del otro. Se hace de día. Salen a la puerta de la cabaña a ver despuntar el sol, se sientan sobre la arena húmeda. Él le sigue cantando. Siempre abrazados y besándose ven amanecer… un amanecer rosa y oro, sobre un mar en calma con una ligera brisa. Un amanecer único.

– Ahora sale el sol, y es cuando conoce a la estrella -dice mirándola.- Soy un hombre afortunado, estoy viendo cómo se conocen el sol y la estrella.

Coge una flor para ella y se la pone en la oreja, a cambio del pendiente que le ha regalado.

– Me tengo que ir, mi avión se va.

– No… vuelve dentro… la despedida.

– No puedo.

Emprenden el camino de vuelta a la realidad y es cuando se siente más Jane que nunca. Descalzos, libres, suben el acantilado por una senda por la que sola nunca hubiera podido. Atraviesan caminos de mata atlántica. Él la enseña plantas que, tímidas, cierran sus hojas al rozarlas con el dedo. Quiere regalarla una flor que a él le gusta mucho, “pero está dormida, no puedo dártela”. Si sigue adornandola con hojitas, le da fruta de los árboles e imita el sonido de los monos. De la mano se cruzan con lugareños que están comenzando el día.

Al final del camino se despiden: un abrazo, besos, sonrisas.

– Buen viaje.

– Se feliz.

Esta es la historia de una noche, unas horas más bien. Del consabido revolcón con un brasileño según pensarán muchos; una noche mágica tal como fue. De sexo salvaje, de más estrellas de las que caben en la imaginación, de romper de olas, de bailar sobre la arena húmeda, de bondad, de inocencia, de regalos, de música y canciones, de susurros calientes en un idioma dulce, de sentirse libre y de vuelta a los orígenes, de cabañas en la selva, de flores en las orejas y de sonidos de animales exóticos. De seguir a un desconocido y encontrar un alma pura, dulce, romántica, creativa y generosa. De descubrir a un hombre sin apenas posesiones materiales pero más rico en ellas que nadie que haya conocido, porque la naturaleza entera es suya. Un hombre con el que apenas compartió tiempo, pero que estará siempre en su memoria.

Y da igual si para él ella fue una entre muchas turistas más, porque para ella esa noche él fue su indio, su esclavo.

13Oct

Tiempo, espacio y silencio

Hace tiempo escuché una entrevista en la radio. No se qué programa era, quién preguntaba, ni quién respondía… pero la respuesta que dio ese hombre se me quedó grabada a fuego:

El verdadero lujo es tener tiempo, espacio y silencio.

No puedo estar más de acuerdo, aunque para mi no son lujos, son necesidades.

En muchos casos puede que no seamos conscientes de esa necesidad. Alguien que está forrado se compra una casa enorme, con montones de hectáreas y metros de habitaciones que jamás utilizará. Está comprando espacio. Lo más seguro es que también viva en un sitio en el que no haya ruido, y si vive en una casa en medio de la ciudad, además de ser enorme, seguro que sus paredes están bien aisladas para no oír los pitidos coches, ni los pedos de los vecinos. Está comprando silencio. Y lo más probable es que tenga gente que haga las tareas ingratas del día a día por él (o ella, claro). Esas cositas como hacer la compra, la comida, lavar, tender, planchar (yo ni siquiera tengo plancha, pero creo que como las meigas, haberlas hailas) y guardar la ropa… Está comprando tiempo.  Read More »

3Oct

El derecho a no tener una pasión

No tengo una pasión. Ale, ya está, ya lo he dicho. Y además, estoy muy harta de que se suponga que tengo que encontrarla.

Me meto en Feedly -que por si no lo sabes, es un lector de blogs o RSS, en el que añades los que vas encontrando que te gustan, como por ejemplo este que tienes delante ahora 😉 Los encuentras todos ahí juntitos, y aparecen todas las entradas nuevas que publican- y encuentro “Cómo descubrir mi pasión”. Leo un poco y resulta que no sólo tengo que encontrarla, además tengo que “monetizarla”, que es una palabra que ahora se lleva mucho.

No tengo una pasión desde la infancia. No llevo desde los 5 años obsesionada con tocar la guitarra. No se más que nadie de sobre las costumbres y creencias de los cátaros. No se hablar klingon, me disfrazo de Spoke y voy a ferias a debatir los más nimios detalles de Star Treck. Read More »

29Sep

Poner la marcha adecuada protege el motor

Una de los mejores consejos que he oído en esta ultima etapa de la vida se la debo a un amigo, que me dijo: “Paisana, los coches tienen varias marchas (cambios), incluso marcha atrás (reversa). No quieras ir en 5ª cuando necesitas 1ª, que terminás quemando el motor”

¡Toma! y se quedo tan pancho, mientras yo me quede muda.

Reflexionando por muchos, muchos días, incluso meses, he concluido que esto ya me lo habían dicho otras personas, con otras palabras, pero que solo cuando se está lista llega la iluminación. Y la iluminación es ese momento posterior a una o varias situaciones que te han mantenido noqueada, zurumbática, apendejada, pero que después te dejan respirar para ver con toda claridad tu absoluta estupidez.

El asunto es que cuando una tiene mucha mermejuaca, se entusiasma con todo, con lo de uno, con lo de los amigos, con lo del vecino, con todo… empiezan a salirle imágenes, ideas, nombres, marcas, negocios, etcétera, que le hacen pasar de la 1ª a la 5ª marcha tan rápido, que en efecto, termina quedándose sin fuerza en la cuesta o quemando el motor, o peor aún llevándose por delante a todo el que se le atraviesa.

Lo confieso, poner la marcha adecuada es el aprendizaje de mi vida. De nada me sirve tener un motor potente si lo quemo en un plis-plas, me quedo sin fuerza en la subida o arraso con su fuerza desmedida a cuanto mortal se pone enfrente.

Poner la marcha adecuada, por ejemplo, me permite que en algunos momentos del viaje use el punto muerto (neutro) y me deje llevar por el camino, o la marcha atrás (reversa) o incluso el freno de emergencia. Y poner la marcha adecuada para cuidar el motor no implica que sea cobarde o haya fracasado, significa que estoy ¡Protegiendo el Motor!

Poner la marcha adecuada tiene más que ver con mantener la carrera sin agobio, con disfrute y aún así, con mermejuaca, es decir sin dejar de ser yo.

Fíjate cuantas reflexiones simples: cuidar de tu motor, no arrasar, disfrutar, saber echarte para atrás, cosas tan simples que por la inercia de la vida, por mis paradigmas del tipo “si quieres puedes” “es mejor atajar que arriar” y “corra mija que la preña ese hombre” me han llevado a una carrera que ha dejado mi vida y la de las personas más cercanas a mi agotadas (mea culpa).

Por supuesto que aprender a poner la marcha adecuada es parte del aprendizaje de esta vida, no me quejo, no me arrepiento del aprendizaje, más bien comparto esta pequeña reflexión lograda en la desaceleración que imprimen tener 40, ser mamá, vivir en el campo, tener un estilo de vida modesta en la que he aprendido a disfrutar del cuidado de mi familia y el cultivo de la amistad.

He comprendido que mi vida es un viaje bastante largo y que el éxito para mi es el disfrute del camino, pero que esto solo depende de la capacidad que desarrolle para poner la marcha adecuada en el momento adecuado. ¡Hay que escuchar al motor, que él te pide el cambio, hay que ir atento al camino!

Al final los iluminados van a tener razón y esto va de estar, pero nosotras, Silvia y yo, de tercas y porfiadas, que no aprendemos con palabras, nos hemos tenido que bajar de las escobas para aprender ella al galope y yo en coche.

No se te olvide tener siempre unos cuantos gurus cerca que te adviertan cuando estas pasándote con tu motor.

23Sep

Aprendizajes al galope

Termino las clases de equitación con agujetas en músculos que ni si quiera sabía que formaban parte del cuerpo humano, al menos del mío. Después de un año sigo sin lograr subirme con un mínimo de dignidad… Estas y otra serie de catastróficas desdichas, no impiden que esté feliz de haber empezado a montar a caballo. Toda la vida queriendo hacerlo, y el momento llegó el año pasado.

Además, montar es espiritualidad aplicada. Mucho más que un maratón de meditaciones de Osho.

Un básico: aquí y ahora

Montar a caballo es mindfulness en estado puro.

Cuando estoy en clase, estoy. Es completamente imposible que se vaya la cabeza a otro sitio; ni del pasado, ni del futuro, ni de otro planeta ni de este. Tengo que estar pendiente de trescientos cincuenta millones de detalles: “esa espalda, saca pecho, los hombros atrás, no quiero culos de avispa, junta las manos, no hagas esas cosas con las riendas”, intentar tocar al caballo con los talones, con la esperanza de en algún futuro remoto mandarle sólo a base de presiones con las piernas, coordinar la mano y la pierna justa para que gire como tiene que girar…

Así como aprender a conducir, pero elevado al cubo y en vez de con una máquina con un animal, que tiene sus planes y no tienen porqué coincidir con los tuyos.

¿Te das cuen?

Sólo puedo mejorar aquello de lo que soy consciente que hago mal. Que parece una chorrada, pero no. ¿Cómo cambiar algo que no se que hago mal? El darse cuenta está completamente unido al aquí y ahora. Sólo si no divago soy capaz de notar si he dicho “so” antes de echar el cuerpo para atrás, si llevo la espalda lo suficientemente recta, si estoy siendo demasiado brusca con las riendas…

Exigencia y tolerancia

caballoSoy muy fan de Manolo. Es un crack, que tiene más psicología que muchos que yo conozco.

Exige mucho. Exige actitud, presencia, consciencia, firmeza, energía y entrega. El día que me dice que he hecho una clase “bastante aceptable”, me dan ganas de correr a escribirlo en mi diario, actualizar el estado de Facebook, poner un tweet y mandar un whatsapp a todos mis contactos para celebrar semejante acontecimiento. Y luego entrar en esos bares del mundo gritando: “¡Está ronda la pago yo, que he hecho una clase aceptable!”

Pero a la vez que valora el esfuerzo y saca algún tipo de placer perverso en que no te puedas mover en tres o cuatro días de las agujetas, anima a ser paciente y tolerante con lo que no sale. Sabe que fustigarse por lo que no te sale bien, solo retrasa el momento de lograrlo. Mientras te des cuenta de lo que no haces, todo va bien; ya lo harás.

Actitud a raudales

“Empújame esa yegua” La actitud es fundamental para llevar al caballo. Por mucho que lleve una fusta, si no tengo actitud de dominatrix el caballo me toma por el pito del sereno. Tengo que mandar. Y para mandar, lo primero es creerme que puedo hacerlo. Es alucinante como cambia la respuesta del caballo según estés, cómo perciben la energía, la actitud y hasta los pensamientos y responden a ellos.

Un poquito de flow

Hay momentos mágicos, en los que todo sale. Eres uno con el caballo, no piensas nada, te relajas, es fácil, fluido, sólo disfrutar. En mi caso estos instantes duran tan poco que necesitaría un reloj atómico para medirlos, pero son la hostia. Siento ser vulgar, pero cualquier otra expresión se queda corta. De hecho, debería haberlo puesto en mayúsculas SON LA HOSTIA.

Verdad verdadera

Me puedo intentar autoengañar todo lo que me de la gana, pero ni con el caballo (ni con Manolo) voy a conseguir que cuele. Si tengo miedo, lo notan. Si no confío en que puedo galopar, lo notan. Si no tengo la postura adecuada y voy sin poderío, lo notan. Si por alguna extraña causa una neurona es capaz de desmandarse y pensar en algo que no sea el caballo, lo notan. Y en mi cabecita loca me puedo poner las excusas que quiera, como “No, no, si no tengo miedo, lo que pasa es que justo tengo un tirón en la pierna“, “No, que va, voy supertranquila; me agarro a las riendas como a un salvavidas, pero soy puro relax“…. La realidad es que estoy cagada de miedo. Lo saben Manolo y el caballo, los dos. Y más vale que espabile y lo admita rapidito, para poder cambiarlo.

Mozas, un consejo importante para terminar

Si vas a empezar a montar a caballo, me gustaría darte un consejo con el que espero ahorrarte un aprendizaje doloroso. Por experiencia te digo que:

no montes con tanga

Si tienes algún consejo importante para jinetes, por favor, déjalo en los comentarios… las hueverías te lo agradecerán. 😉

* Si parada se me pone esa cara de velocidad, ¡imagínate al galope! Lo mismito que si estuviera despegando de Cabo Cañaveral.

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