13Jun

Paseando a mi gilipollas exterior

Mi gilipollas interior tiene tendencia a salir, a volverse una gilipollas exterior. Quizá por afán de protagonismo, quizá para darse un garbeo y ver mundo, quizá para llamar mi atención y que la abrace.

Y es que se puede hacer el gilipollas, ridículo, toli… con o sin público. Se me da genial.

Aventuras vestida

Por más que en febrero leyera 5 revistas de moda, parece ser que no he aprendido nada. En ocasiones por defecto (véase La poza gafada o los moonwalk que me marco cuando abro la ventana por la mañana y no me acuerdo de que, a veces, tengo vecinos), en otras por que mi indumentaria no es la más adecuada a la situación.

Yo cuando abro la ventana desnuda y reculo porque recuerdo que tengo vecinos

Quizá sea porque con la misma ropa que voy a trabajar -y podría ir en pijama si tuviera-, sigo el resto del día. Da igual que lo que haga después sea volver a casa, tomarme unas cañas o meterme por trochas monte arriba. Con el mismo atuendo (y bolsa) que voy a recoger hipérico para macerar en aceite voy a hacer la compra a Carrefour. De vez en cuando pienso que me estoy echando a perder y asilvestrándome en exceso, así que me arreglo: me pinto, me pongo tacones o las dos cosas a la vez… y esos días son los que se preparan los “momentos toli”.

Alguna parte del monte

Voy andando como una zarigüeya loca, con unas botas de taconazo con las que solo se estar sentada, el morro rojo y a un atardecer tan avanzado que podría cambiarle el nombre a noche cerrada. Creo que mi gilipollas interior más que un abrazo quiere conocer las urgencias con un esguince. Si es verdad que tenemos ángel de la guarda el mío debe pasarse el día dándome collejas.

Candeleda p’arriba

Hoy ha sido otro de esos días de arreglá pero informal, versión rural. Así que estoy en medio de un robledal con el bolso colgando del hombro, una camisita medio transparente, unos pantalones con los que podría haber ido a cenar si no me los hubiera cargado peleando con una zarza hace un momento, chanclas de dedo y en la mano un ramillete de cantueso que he ido recogiendo. Metros atrás va Kraken, paralelepípedo, paticorto y agotao. Voy descojonada pensando en la estampa: parezco Tamara Falcó preparando un posado casual-country para el ¡Hola!, mascota inútil incluida.

Salgo de un camino que he explorado y no llega a ninguna parte interesante. Me pone mucho meterme por caminos, cuanto más estrecho y pinta de poco frecuentado mejor. Y me da igual si lo conoce hasta el tato; si yo no he ido nunca por ahí, me recorre una felicidad inexplicable al recorrerlo. Me encuentro con tres montañeros monísimos, que tienen pinta de haber subido de Candeleda andando en la mitad de tiempo que he tardado yo en coche y sin haber sudado media gota. Me miran, miran al perro y saludan con cara de haberse perdiendo algún capítulo. Si hubiera bajado de un platillo volante se hubieran sorprendido menos. Me quedo con las ganas de saludarles agitando la manita como la reina madre de Inglaterra después de una de sus meriendas de gintonics mientras digo “Hooooliiii, me superencantan estos caminos.”

En realidad, ni tan mal. 2 minutos antes y me hubieran pillado culo en pompa – bolso y cantuesos al suelo- haciendo un pis.

Un hotel en Mérida

Estoy a dos personas de abrazar a Emilio Carrillo. mientras pienso “¿Qué cojones hago yo esperando para abrazar a este? Si no he esperado esto por nadie. ¡Si ni siquiera está bueno! Porque llevo riéndome con la coña de abrazarle como si fuera Amma toda la tarde, que si no… Esto es ridículo. A ver si me ilumina por poderes o algo.” Miri, ¿gritamos “queremos un hijo tuyo” para hacer más entretenida la espera?

Delante de mí una moza está a punto de convulsionar. Creo que se va a correr sólo con estar esperando, cuando este hombre la toque no se qué pasará. Me da cierta envidia, porque a mi esto de esperar su turno para abrazar me hace sentir la gilipollas interior muy exteriorizada.

Una estación de servicio de Portugal

Tener un iPhone es vivir a medio metro de una pared, siempre anexionada a un enchufe. El mechero del coche no funciona, así que recorro la geografía portuguesa, o la que se tercie, buscando electricidad con el mismo ansia que un yonki a su camello. Paro a tomar algo y, al fondo, un área de gestiónese usted la comida, con un microondas, mesas y un montonazo de enchufes vacíos, se ilumina ante mis ojos con un letrero que dice: “Es aquí, has llegado a tu Shangri-la.”

Así que voy, introduzco poco a poco el cargador en el enchufe y ¡a tomar viento todo! Cortocircuito al canto y la gasolinera entera se queda sin luz.

Desenchufo con mi mejor cara de “pio pio que yo no he sido”, mientras empleados y clientes empiezan una gran algarabía portuguesa. Que idioma tan bonito, por cierto. Yo sigo como si no fuera conmigo, a lo gato que se acaba de zampar al ratón y no quiere que se note, pero tiene el rabito asomando por la comisura. Para los adentros me da la risa floja y me siento super rubia.

Se qué no soy la única, y que tu también liberas a tu gilipollas exterior. Venga, sal del armario y cuenta en los comentarios algún momento de  ridículo sola o acompañada.

Share this Story

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

© Copyright %year% Todos los derechos reservados

Haciendo cookies

Las cookies normalmente me las como, pero en la web las uso propias y de terceros para mejorar tu navegación. Entiendo que si sigues es porque estás de acuerdo. Aquí tienes la política de cookies, por si quieres leerla.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: