Una noche en la Praia do Amor

Una noche en la Praia do Amor

El final estaba claro desde el principio. No hizo falta más que una sonrisa, un piropo y un baile caliente y bien pegado. Un amago de beso esquivado. Algo de conversación difícil, él no sabía español ni ella brasileño.

– Vivo en mitad de la Praia do Amor. Soy artista… escultor, pintor y músico. Ven a ver mis esculturas.

– Ja ja ja ja… si, claro, ahora se llama así “enseñar las esculturas”.

Chao, chao, dos besos en las comisuras y uno en la boca a petición de las amigas. Esas mismas que se despidieron de él, con un “hasta luego majo, que mañana zumbas”. Carcajadas y lágrimas de risa de vuelta a casa.

El día siguiente sólo hubo un cruce de caminos en la calle del pueblo; con el torso descubierto y lleno de pintura, por lo visto había estado trabajando en su arte.

Último día en el paraíso. Más caipiriñas, bailes, miles de millones de carcajadas. Camino a la discoteca le encontraron andando en sentido contrario.

– Pero tú… ¿qué haces con zapatos?

– ¿Os vais a dormir?

– Claro, contigo.

– ¿De verdad vas a dormir conmigo esta noche?

– Nos vamos a bailar, luego te veo.

Otro beso fugaz.

La discoteca era un asco y esas buenas amigas decidieron acompañarla, en realidad empujarla, a buscarle en los bares que aún quedaban abiertos en el pueblo.

Estaba en la calle, en la puerta de uno. Las chicas entraron a por otra caipirinha. Ella salió la última y encontró que sus amigas ya estaban hablando con él y su amigo.

– Ven, que yo soy el sol, tu amiga la luna y tu una estrella.

Diez segundos tardó en convencerla de ir a ver las estrelas, como ella, a la playa. Se fueron de la mano, por el camino algunos besos. Unos pasos más allá la paró en medio de la calle y empezaron a besarse con más pasión.

Así, entre pasitos, besos, abrazos y caricias llegaron a la orilla. Unos metros más por la playa, sólo girar la esquina que separa la del Centro de la de Amor y dijeron “adiós” a las luces del pueblo y “hola” a las estrellas.

– ¿Traes extranjeras aquí todas las noches?

– A dos, pero sólo besos. Tu eres la primera.

Luna en cuarto creciente, un cielo absolutamente espectacular, con las constelaciones del hemisferio sur, tan distintas de las que está acostumbrada a ver.

– ¿Qué estrella soy yo?

– Elígela.

– Esa. Esa que brilla mucho.

– Cuando la mire me acordaré de ti. Tu eres mi estrela.

Un rato de pasión en las rocas, él es salvaje, sensual, relajado, de piel canela y manos ásperas pero dulces. Sin camisinha nada.

– Llévame a tu casa.

De camino a su casa, él la canta al oído, con voz grave y sensual. Parece una canción romántica, aunque no entiende nada de lo que dice. Bailan sobre la arena mojada, le enseña samba y capoeira. Siguen los abrazos y los besos. A la luz de un mechero le enseña fogonazos de sus esculturas: un tucán, un colibrí como totems, y varias serpientes escondidas entre las plantas que crecen por la arena.

Las estrellas son testigos de su paseo, él le sigue cantando.

– Mira… mi piscina, mi jardín y mis luces dice señalando el océano, la selva y el firmamento.

Ella piensa que ninguna piscina, jardín ni luces caras pueden ser más bonitas.

Su casa, una tienda de campaña cubierta de palmeras escondida entre la vegetación de la falesia, no se distingue desde fuera.

Se meten en la tienda, la luz es una velita dentro de una botella de Coca cola. Se siguen amando, sudorosos, con la única música de las olas rompiendo a escasos metros y sus jadeos. Él repite todo el rato gostosa, gostosa… ella no sabe el significado, pero queda claro el sentido. “Estás buenísimo. El tampoco la entiende. Da igual, las palabras son sólo sonidos que acompañan. Ella se pierde en sus ojos oscuros, en su boca carnosa, en sus manos ásperas y hábiles, su lengua generosa, su cuerpo fibroso y su culo prieto.

Él le enseña sus pertenencias: unas plumas recogidas en la playa, un collar que besa al quitárselo, un libro de arte.

– Quiero ir a Brasilia, hay mucho arte y música.

– ¿No Río, ni Saô Paulo?

– No, no, allí hay mucha violencia.

Me lo tengo que comer.

A ella se le cae un pendiente de aro y se lo regala, él lo guarda como un tesoro.

Toca la pandereta, ofreciéndola un concierto privado. Ella aplaude entusiasmada. Él se sonroja… “lo he hecho fatal”.

Soy indio y esclavo -dice orgulloso de sus raíces- Estás con un indio y esclavo.

– Pues tu estás con una blanquita de ciudad.

Vuelven a tocarse, a acariciarse, a perderse el uno en el cuerpo del otro. Se hace de día. Salen a la puerta de la cabaña a ver despuntar el sol, se sientan sobre la arena húmeda. Él le sigue cantando. Siempre abrazados y besándose ven amanecer… un amanecer rosa y oro, sobre un mar en calma con una ligera brisa. Un amanecer único.

– Ahora sale el sol, y es cuando conoce a la estrella -dice mirándola.- Soy un hombre afortunado, estoy viendo cómo se conocen el sol y la estrella.

Coge una flor para ella y se la pone en la oreja, a cambio del pendiente que le ha regalado.

– Me tengo que ir, mi avión se va.

– No… vuelve dentro… la despedida.

– No puedo.

Emprenden el camino de vuelta a la realidad y es cuando se siente más Jane que nunca. Descalzos, libres, suben el acantilado por una senda por la que sola nunca hubiera podido. Atraviesan caminos de mata atlántica. Él la enseña plantas que, tímidas, cierran sus hojas al rozarlas con el dedo. Quiere regalarla una flor que a él le gusta mucho, “pero está dormida, no puedo dártela”. Si sigue adornandola con hojitas, le da fruta de los árboles e imita el sonido de los monos. De la mano se cruzan con lugareños que están comenzando el día.

Al final del camino se despiden: un abrazo, besos, sonrisas.

– Buen viaje.

– Se feliz.

Esta es la historia de una noche, unas horas más bien. Del consabido revolcón con un brasileño según pensarán muchos; una noche mágica tal como fue. De sexo salvaje, de más estrellas de las que caben en la imaginación, de romper de olas, de bailar sobre la arena húmeda, de bondad, de inocencia, de regalos, de música y canciones, de susurros calientes en un idioma dulce, de sentirse libre y de vuelta a los orígenes, de cabañas en la selva, de flores en las orejas y de sonidos de animales exóticos. De seguir a un desconocido y encontrar un alma pura, dulce, romántica, creativa y generosa. De descubrir a un hombre sin apenas posesiones materiales pero más rico en ellas que nadie que haya conocido, porque la naturaleza entera es suya. Un hombre con el que apenas compartió tiempo, pero que estará siempre en su memoria.

Y da igual si para él ella fue una entre muchas turistas más, porque para ella esa noche él fue su indio, su esclavo.

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